Nuevo peligro desde Wall Street: especulan con los seguros
de vida
Es sabido que las inversiones en hipotecas subprime y en
otros productos “exóticos” han estado a punto de hundir
la economía mundial y han lanzado al paro a cientos de
millones de trabajadores, además de conseguir, por primera
vez en la historia, que 1 de cada 6 habitantes del
planeta Tierra, más de mil millones de personas, pase
hambre. Ahora, según el New York Times, los banqueros,
siempre pendientes de hacer buenos negocios para ellos,
están ideando nuevos caminos, tanto o más peligrosos
que las subprime.
Así, además de titulizar los llamados “acuerdos de vida” (convirtiendo transacciones de seguros de vida en bonos de inversión), algunos bancos están reestructurando activos que experimentan pérdidas en activos de mejor calificación denominados “re-remics”, con los que ya llevan ganados al menos 30.000 millones de dólares en lo que va de año.
Los planes de los financieros de rapiña son sencillos: se trata de comprar seguros de vida en metálico (pagando el 40% del valor de la póliza, dependiendo de la esperanza de vida de la persona asegurada), para después titulizar estas pólizas reuniendo cientos o miles de ellas en forma de bonos y, posteriormente, revenderlos como grandes fondos de pensiones a inversores que cobrarán cuando los asegurados mueran, por lo que cuando antes mueran mayor será el beneficio. No es broma, no.
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En Estados Unidos hay seguros de
vida vigentes por un valor total de 26 billones de dólares,
por lo que el mercado podría ser enorme: aunque sólo
vendan su póliza una pequeña fracción de los asegurados,
algunos trabajadores del sector calculan un mercado
de unos 500.000 millones de dólares, un pastel muy apetitoso
para Wall Street, que se embolsaría buenas comisiones
por crear los bonos, revenderlos y negociar con
ellos posteriormente.
La banca suiza Credit Suisse está comprando gran
cantidad de seguros de vida, para reunirlos y revenderlos,
como hicieron en Wall Street con los títulos subprime. Y
Goldman Sachs ha desarrollado un índice negociable de
acuerdos de vida, para que los inversores puedan apostar
a que las personas aseguradas vivirán más de lo esperado
o morirán antes de lo planeado. El controvertido negocio,
plagado de reclamaciones por estafa, lleva décadas
funcionando, pero si Wall Street tiene éxito, el negocio aumentará
drásticamente.
Stephan Leimberg, coautor de un libro sobre los
acuerdos de vida, declaró en abril ante un Comité
Especial del Senado sobre la Vejez que: “Los depredadores
del mercado de los acuerdos de vida tienen el motivo,
los medios y, si los legisladores, los reguladores o su propia
comunidad no los controlan, la oportunidad de aprovecharse
de los ancianos”.
Primero jugaron, y siguen jugando, con nuestras hipotecas.
Ahora, con nuestra salud y nuestra vejez. Todo
vale para los grandes financieros, con tal de hacer negocio.
Saben que al aprovecharse de las pólizas de seguros
nos pueden conducir a otra debacle económica, pero les da igual, porque saben que van a ganar dinero y que no
les va a pasar nada ¿o habéis visto a los responsables de
estos negocios entre rejas o ni tan siquiera ante los tribunales
de justicia?
Mil millones de personas
pasan hambre
Según el Programa Mundial de Alimentos (PMA), una
agencia dependiente de la ONU, el número de personas
que pasan hambre en el mundo ha superado este año,
por primera vez en la historia, los 1.000 millones. Una de
cada seis personas no tienen qué comer, mientras la ayuda
humanitaria se sitúa en un nivel “históricamente” bajo
debido a la crisis económica, lo que junto al encarecimiento
de los alimentos, está agravando la situación de los
más desfavorecidos. Según el PMA “con menos del 1%”
de las inyecciones económicas de los gobiernos para salvar
el sistema financiero se podría sacar de la pobreza a
millones de personas.
De hecho, la FAO viene reclamando 30.000 millones
de dólares (el 40% de lo que el Banco Central Europeo
inyectó en los mercados el día 29 de septiembre de 2008)
para acabar con el hambre en el mundo. Pero las grandes
declaraciones de los gobiernos en las cumbres internacionales
se quedan en papel mojado, ante la voracidad
de los “inversores” que deciden especular con las materias
primas alimentarias para lucrarse con el hambre de
los demás.